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Microrrelatos de Carmen Gómez Barceló.




Los ojos con los que me miras
Salí de la casa extrañada por la mirada compasiva de mi perra.
Salí de la consulta del doctor comprendiendo el porqué de esa mirada.

Su equipaje
¡Porque lo digo yo y punto!
Y se va llevándose consigo una patada en la puerta, un puñetazo en la mesa y un micropene.

Algo se va
Cuando lo supo se cortó el pelo. Después se miró al espejo y se preguntó ¿Dónde estás?
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La noche, por Matilde López de Garayo.



Llego con mi manto de mil estrellas
Para cubrir tu tristeza,
Para ocultar tu desdicha,
Para tapar tu flaqueza.

Llego con mi manto de silencio
Para callar tu desgracia
Para calmar tu dolor
Para aliviar tu conciencia.

Extiendo mi oscuridad
Por los montes de tu día,
Por los ríos de tu alma,
Por las llanuras de tu vida.

Extiendo mi sosiego
como paz para tu exigencia
como calma para tu sed
como quietud para tu esencia

Me cuelo con mi sombra,
En tus ocultos sentimientos,
En tus ansiados deseos
 En tus olvidados recuerdos

Y te hago crear mil futuros
Y te hago olvidar mil fracasos.

Te duermo, te calmo, te hago soñar.

Yo, la noche  velo tu descanso.

Ya llego tranquila, ya llego serena
Ya llego despacio.

El viento, por Matilde López de Garayo.



                                                Siéntate

Y ¡escúchame!, soy el viento
Y traigo historias de lejanos países
De ciudades remotas
De  pueblos perdidos
De casa escondidas
Y  ocultas buhardillas.

Descansa
Y ¡aspirame!, soy el viento
 transporto olores de  tierra y agua
 recojo esencias exóticas
fragancias de flores, de hierbas
 perfumes de vida
 aromas  de especias

Cierra tus ojos
Y ¡siénteme!, soy el viento
Que te envuelve en mil sonidos
Que te seduce con mil olores
Que te cubro de rocío
Que te baño en calores.

Caminante, no me olvides
Porque  soy viento que te habla,
Porque soy viento que respiras
puede que  mañana el odio, o el desaliento
me conviertan en ventisca
o puede que  mañana cargada de agotamiento
Sólo sea suave brisa.

Cadenas de dudas, por Carmen Gómez Barceló.



Cuando de mí solo quede el espacio
Y ni mi cuerpo ni mi voz ni mi quebranto
Estén presentes como sólida materia
Y la muerte pase a ser mi nuevo estado
Buscaré de los dioses la presencia
Y seré libre por fin de las cadenas
De las dudas que oprimieron mi existencia.  

La caída de la Torre Eiffel, por Carlos J. Fernández.



Ya no miro en las iglesias
 las reliquias de la sangre coagulada.
Ya no voy a los museos a contemplar
 las lápidas de lo sublime,
 aborrezco las estatuas
donde yace gélido el equilibrio de las formas
y pisoteo las escenas de las postales
saturadas en colores

 Me espanta seguir a un guía que deshilvana
Su abominable versión de lo sucedido
Y regurgita su anecdotario histórico
Un millón de veces repetido.

Porque ahora voy a las calles agrietadas
Donde la vida se respira honda y puede sentirse
Bajo los pies, el suave choque  de placas tectónicas.

Paseo por calles estrechas
Cosidas por tendederos donde, el erizo y su señora,
Cuelgan su ropa raída por el desgaste del tiempo
Y por su inacabable intercambio de púas.

Ahora amo los mercadillos ajenos  a los días de fiesta
Donde el tumulto danza en una confusión babélica
Prendida en corrientes de aire que se encienden
de perfumes naturales pero también de miasmas
de sudor y de exabruptos

Es grato ver cómo el pícaro engaña al menos avisado
Y  como el  honesto caballero paga, sin regatear,
lo que cree justo
Me gusta el empedrado húmedo lleno de colillas
y del tallo verdísimo de los claveles cortados.

Ahora ya no voy a merendar
Sobre el verde césped de Hyde Park
Ya enterré mi cámara de fotos
Y no acumulo pruebas de los lugares en que estuve
                    
He asesinado a todos los guías
Y he prendido en llamas  las tiendas de recuerdos
Ahora me paseo por calles agrietadas
Donde, con un poco de suerte,
Puedes ver, a la vuelta de la esquina,
Surgir a un loco que grita espantado
Mientras se arranca la ropa a jirones.

No mas días felices, por Marichón Castillo.




                                                Y dicen que te vas
                                                Sin haberlo tu pedido
                                                No más días felices, alegres ni coloridos.

                                               Albahaca, hierbabuena,tomillo y pino
                                               Aromas de tu cuerpo.
                                               Ausente. Dolorido.
                
                                               Latido sonrosado que despide a mí amigo.
                                               Tornas brillante. Ahumado. Vencido.

                                               Vivir por vivir, sin sentido
                                              No más días felices., alegres ni coloridos.



                                             
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