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La primera vez, por Marichón Castillo.

Sin duda, fui protagonista del día más importante de alguien a quien conozco muy bien.

Todo comenzó en la primavera del dos mil seis. Era un domingo como cualquier otro,  el sol brillaba con intensidad y calentaba de una forma muy agradable, el firme del  pueblo aún estaba húmedo por la intensa lluvia del día anterior, las calles olían a pan tostado y aceite, las gentes salían a pasear aprovechando el buen tiempo, podía verse a  familias intentando sortear el empedrado de las calles con sus bicicletas o bien a parejas  de enamorados besándose con ternura a la vista de todos.

Álvaro estaba en casa de su hermana, esta tenia en su sótano montado una especie de  local de ensayo donde a el le encantaba pasar las horas tocando la guitarra  y cantando,  soñando en cierto modo que era el líder de un grupo dirigido quizás, a una masa  minoritaria de seguidores, pero con gran éxito entre ellos.

Cuando llegaba la hora de comer, terminaba el concierto imaginario. Tenía siempre una sensación de vacío cuando desconectaba su eléctrica y apagaba las luces. Subía las  escaleras y regresaba a la vida real. Con frecuencia, a medida que subía esas escaleras  malditas que le convertían de nuevo en alguien normal decía “algún día, algún día...”

Paso toda la tarde en casa de su familia, se dio cuenta que la realidad tampoco estaba tan  mal, su mujer embarazada de treinta y seis semanas le pedía atención para que notase  las patadas del bebe que estaban esperando. La cara de Álvaro se iluminaba, sonreía de  manera nerviosa, con ansiedad y temor, ponía gestos en los que se podía entender las  ganas que tenía de verle la cara a la persona más importante en su vida y la angustia de  saber que esa personita reforzaría su personalidad en virtud a la educación que le  proporcionaría.

Cuando llego la noche, Álvaro y su mujer marcharon para casa, al llegar la idea era  cenar algo y echarse a dormir temprano ya que el tendría que madrugar para ir al  trabajo. Estaba en la cocina preparando la cena cuando escucho la voz de su mujer que  le llamaba desde el cuarto de baño del dormitorio principal, algo había pasado y se  apresuró para averiguar el motivo de la llamada de su mujer. Se la encontró de  pie encima de un charco  y diciéndole que avisase a la familia porque había roto  aguas un mes antes de lo previsto. Sin más así lo hizo. Cuando la familia llegó, Álvaro se dispuso a preparar el macuto del bebe con la gran sorpresa de que su mujer ya lo tenía preparado desde hacía algunas semanas, ¿quizás es que ella ya intuía algo?

Llegaron al hospital en pocos minutos.Reconocieron a su mujer y les dejaron en la sala  de monitores, parecía que el bebe aun no estaba preparado para salir.Al poco tiempo de estar allí solos, entro una enfermera diciendo que había detectado en el monitor un descenso en el latido del bebe, la cara de Álvaro  paso de color tostado como el café con leche a blanca como la leche sola. Pero no pasó nada, todo quedo en un susto, el primer susto que le daría su hijo y aun no había salido del vientre de su madre.

Paso la noche en el hospital, en una habitación compartida con otra embarazada que  llevaba allí encerrada dos días y aliviaba su ansiedad con los cigarrillos que le facilitaba su familia y que ella hábilmente se fumaba en el servicio sin dejar rastro.

Al día siguiente se quedo solo desde las ocho de la mañana hasta las diez, hora en la que empezaron a aparecer los primeros familiares y amigos, ya que a su mujer la habían  desterrado a la sala de monitores sin mas compañía que una maquina que le media la  intensidad de las contracciones.

Álvaro estaba muy nervioso e impaciente, fumaba mucho y hablaba sin parar con todo  el mundo, cada vez que sonaba la megafonía estaba atento por si lo llamaban para poder  ir a visitar a su mujer. Eso sucedió a las dos de la tarde.Entró en la sala donde ella  se encontraba, esta vez acompañada no solo de la maquina si no de otras parturientas que gritaban sin mucho éxito que  les suministrasen la epidural. Álvaro apareció llorando y le explico que la emoción era porque había escuchado el llanto de varios bebes de camino a la sala donde ella se encontraba y estaba deseando escuchar el llanto del suyo. La visita fue muy corta pero a los treinta minutos lo volvieron a llamar por megafonía, esta vez nombraron su nombre y sus apellidos lo que le anunciaba que la llegada de su primerizo era inminente.

Entró en el paritorio y se encontró sorprendentemente a su mujer riéndose y con cara de felicidad, como si la cosa no fuese con ella. Este la miraba admirado y la animaba a seguir  empujando, en pocos segundos le vio la cabeza y seguidamente el cuerpo. Estaba sonrosado, cubierto de fino bello y con un llanto dulce y sereno. Ya había nacido, ya estaba aquí. Su mejor melodía, su mejor obra de arte, sin duda, su mejor canción. 
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Antonio Zurine Caballero, por Matilde López de Garayo


El año en que  repetí primero de ingenieros, entre los nuevos alumnos se matriculó Antonio Zurine Caballero.

Parecía fuera de contexto, sus pantalones de pinzas, sus camisas sin ninguna arruga, y un castellano que haría envidiar a más de un lingüista.

La necedad de mis compañeros hacía que fuera objeto de burlas y mofa, simplemente porque el ser humano no acepta a las personas que se diferencian del “rebaño”. Sin embargo a él no parecía importarle.

Quien fuera observador advertiría que casi siempre cerraba las envidiables listas de aprobados, con un cinco o un seis. La nota, lo de menos, lo importante para nosotros era que nuestros  apellidos aparecieran en el  inalcanzable tablón de anuncios.

Un día nos convocaron a una asamblea general para decidir un voto de censura o incluso la dimisión del delegado de escuela. Su “delito”: había tomado una decisión urgente sin tener en cuenta a los otros delegados de clase.

A la reunión asistimos muchos estudiantes debido a varias razones: una excusa para faltar a clase, una ocasión de cachondeo, un escarmiento por el supuesto abuso de poder, un regocijo morboso  porque  una cabeza  iba a ser cortada, y los menos, como yo, para apoyar a un amigo.

El ambiente estaba bastante caldeado, más bien por la frustración personal debido al fracaso en los estudios, (ese año sólo aprobaron un 5%), que por el motivo de la convocatoria, motivo que le era indiferente a la mayoría de ellos.

Empezaron la acusación de manera desmesurada y extrema, yo veía la cara de mi amigo desencajada por la situación, y al poco tiempo  se desplomó encima de la silla.

El silencio absoluto invadió la sala. Duraría un minuto escaso, empezó a oírse un murmullo desde en fondo, suave al principio, y cómo una ola fue creciendo acompañado de risas provocadas por una histeria general.

Al volver la cabeza,  vi a Antonio Zurine,  llevaba corbata y traje chaqueta, como si se hubiera preparado para la ocasión.

Se acercaba por el pasillo central, ajeno como siempre a los comentarios de nuestros compañeros. Llegó a la mesa presidencial, y dio unos golpecitos en el micrófono, a la vez que decía “¿se oye bien?”

Yo escuchaba las risas absurdas, pero él ni se inmutó, y su paciencia y tranquilidad hizo que la gente se fuera calmando poco a poco.

Con esa cadencia y elegancia  innata empezó su discurso con una frase de Eduardo Chillida, a modo de entender que los comentarios de los necios no le afectaba.

“Un hombre tiene que tener siempre el nivel de la dignidad por encima del miedo”.

Su mirada firme abarcó toda la sala, continuó tranquilamente sin consultar un papel: Vengo hablar de mi amigo Miguel, delegado de nuestra escuela, votado voluntariamente por todos nosotros, lleva en el cargo tres años sin ningún contratiempo, y ahora mientras nosotros disfrutábamos de unas vacaciones, él, al no poder localizar a ningún otro delegado tomó una decisión. Y me pregunto:

¿Acaso no ha reconocido y respondido correctamente a nuestros problemas?, ¿Acaso no ha compatibilizado adecuadamente el  rendimiento y los recursos propios del cargo que ocupa?, ¿Acaso no ha asumido con prestancia las consecuencias de las omisiones y obras de todas  sus actuaciones?..,

Y en ese plan, siguió hablando de los principios de la responsabilidad. La gente empezó a comprender, y muchos de mis compañeros salieron en silencio avergonzados.

Al final quedamos los amigos que apoyábamos al delegado, unos minutos después se disolvió la asamblea.

Antonio pasó, de ser el objeto de burla, a una persona respetada y admirada por muchos de nosotros. Más tarde supe que fue de los pocos que aprobaron en junio, se matriculó en aeronáutica en Madrid. Nunca he vuelto a saber de él. 

La bofetada sin manos que propinó a muchos de mis compañeros nos  enseñó que sin levantar la voz, sin perder “el saber estar”, sólo con el respeto a uno mismo, a los demás y sobre todo con  el don de la palabra se podía desalojar en breves momentos un salón de actos. 
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El hombre del parque, por Carlos J. Fernández


“Señores y Señoras” gritó el hombre subido a una caja de fruta invertida que le servía como estrado: “Mi banco me ha robado 2.500 millones de pesetas… ¿Que cómo ha sucedido? Se preguntarán ustedes, ni yo mismo lo sé, el caso es que ayer cuando fui a pedir un extracto de mi cuenta mi saldo era sólo de tres euros. Pedí explicaciones al director de la sucursal quien con total desvergüenza intentó hacerme creer que yo nunca había tenido en aquella cuenta más de diez euros. Todo se debe sin duda a una conspiración urdida por el consejo de administración de ese banco. Ellos me temen, saben que conozco su secreto, hasta ahora no me había decidido a divulgarlo pensando en el impacto que pudieran ocasionar mis revelaciones pero ahora más que nunca la responsabilidad cívica me obliga a darlo a conocer públicamente: Señoras y señores los dueños de ese banco son extraterrestres, seres llegados de otro planeta, y no sólo los dueños sino también muchos de sus empleados son extraterrestres, al menos tres cajeros de mi sucursal lo son, el director por supuesto y hasta una limpiadora, muy simpática sí, pero extraterrestre. Tengan mucho cuidado señores estén alertas, lo que me ha sucedido a mí les ocurrirá también a ustedes, pronto toda la banca estará en manos de  los alienígenas.


 El hombre, de unos 55 años, tenía un aspecto que podría definirse como cómico y extravagante. Era  muy alto y delgado pero al mismo tiempo tenía unas caderas anchas, casi de mujer, y una cabeza alargada y sin cabellos en su parte superior, pero el pelo entrecano que aún le nacía en las sienes y en la nuca caía lacio sobre sus hombros en forma de melena. Me había detenido maravillado a escuchar a aquel ser tan peculiar que gritaba su discurso en el parque municipal dirigiéndose a una audiencia de paseantes que se detenían por momentos a escuchar divertidos sus extravagancias. Tras acabar su discurso cuyo tono solemne y dramático contrastaba con las carcajadas de unos muchachos que aplaudían, descendió de la caja de frutas y fue a sentarse a un banco cercano donde se puso a consultar unos pliegos amarillentos que sacó de un bolsillo de su raída chaqueta. De pronto como si respondiera a una pregunta que acababa de hacerse en su interior negó repetidamente con la cabeza en un gesto de tal brusquedad que sus gruesas gafas de pasta saltaron de su rostro y acabaron en el suelo. Yo, que fascinado por el personaje me había detenido a observarlo con disimulo a un par de metros, recogí sus gafas del suelo y me acerqué a entregárselas:

Me temo que se han roto,  le dije mientras él tomaba sus gafas de mis manos:

Gracias amigo me dijo levantándose mientras me hacía un gesto de reverencia con la cabeza

- ¿le ha gustado mi discurso? Me preguntó mientras se ponía las gafas indiferente a la evidencia de los cristales rotos.

- Habla usted muy bien, le dije, reparando en ese mismo momento en lo culto del lenguaje que había utilizado durante su arenga pública.

El hombre me miró con una amplia sonrisa a través de los cristales agrietados mientras mostraba unos dientes muy separados. Su ceño se fruncía al sonreír y las arrugas de su frente se marcaban profundamente por lo que el aspecto general de su sonrisa denotaba un aire extraño, de ser humano que padece en su interior un grave sufrimiento pero que aún cree en la cordialidad y en los buenos sentimientos.  Esta cualidad profundamente humana me conmovió y mi alma se llenó de piedad y de simpatía por aquel ser que a todas luces se veía atormentado por algún tipo de trastorno que lo había arrojado del mundo de los que nos llamamos cuerdos. Con una de sus manos enormes rebuscó en el bolsillo superior de la chaqueta, que le quedaba ridículamente pequeña, y sacó un paquete de tabaco arrugado ¿le apetece fumar? Me ofreció, y yo acepté dispuesto a escuchar un rato a un ser amable, necesitado de calor humano, al que la enfermedad había condenado a la soledad y al desamparo, pues todo parecía indicar que vivía en la indigencia.

 Mientras fumaba nerviosamente me contó algunas cosas acerca de su vida que luego pude constatar como ciertas: había sido profesor de latín, pero acabaron echándolo del colegio en el que daba clases porque algunos días acudía a dar la clase vestido de mujer. “a nadie hacía daño” me repetía lastimero, pero ellos me dijeron que allí no podía seguir  porque era un mal ejemplo para los alumnos y los padres no lo iban a consentir y que debía ponerme en manos de un psiquiatra. Pero yo no estoy loco  sino que de vez en cuando me visto de mujer y a nadie hago mal con eso me dijo mientras apuraba el cigarro con la cabeza inclinada. Luego arrojó la colilla y levantando bruscamente la cabeza volvió a la carga con su delirio recurrente: ¿sabe ya usted que los extraterrestres manejan la banca internacional? A mí me lo han quitado todo. 

Volví a charlar en otras ocasiones con aquel hombre, siempre en el parque, era una persona que había tenido un pasado normal, un hombre cultivado, bondadoso, educado y amable al que, repentinamente,  la enfermedad mental le había quebrado la vida. Después desapareció durante un tiempo y por un empleado del parque supe que lo habían internado en el manicomio local. Fui allí a visitarlo una vez. Paseó junto a mí por los jardines de aquel lugar ataviado con un vestido de flores, tocado con una vieja pamela y llevando un bolso en la mano, en aquel lugar su aspecto grotesco parecía no llamar la atención.

Estuvimos charlando un buen rato y lo encontré bastante lúcido y razonable,  al finalizar el tiempo de la visita me despedí de él y le pregunté si necesitaba algo, nada gracias, aquí estoy bien, ya ha visto que me dejan vestir como quiera y además es un edificio construido a prueba de extraterrestres. Mientras esperaba a que llegara la persona que debía acompañarme a la salida le vi por última vez caminando torpemente con unos zapatos de tacón que le quedaban pequeños, el bolso colgando del  codo el cigarrillo entre los dedos y la cabeza afirmando o negando bruscamente ante las preguntas de su tormentoso, delirante y eterno  monólogo interior.
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Azarosos amores, por Rosario Jaenes

Celia a los trece años tuvo su primer novio cuando vivía en su pueblo. Un sinvergüenza que la inició en las artes del amor, aunque no lo hicieron. Sólo  se satisfacía él. A los quince conoció a Jerónimo que simplemente la besó, eran otros tiempos. Cuando tenía diecisiete tuvo una breve relación con Juan Antonio, que también simplemente la besó.

 A los dieciocho apareció el que creía el amor de su vida, apodado el “Saltamontes”, era alpinista en un ciudad muy llana del valle del Guadalquivir.Viajaba mucho ¡claro está¡ para buscar las montañas.  La relación duró seis meses. Con él avanzó en el erotismo, aunque ella seguía virgen.

Vinieron muchos más, pero la historia se repetía; Celia tenía miedo de quedarse embarazada y de lo que pudiera montarle su madre si esto se producía.

Pero ya harta de no saber lo que era hacer el amor conoció a José Pablo en una fiesta y entre copa y copa, acabó en un manido “seiscientos” culminando el acto perseguido. Lloró, sangró y se sintió muy desolada porque aquello que anhelaba no era el afecto que buscaba y creía.  La historia no duró nada, ya tenía veintisiete años.

 Aparecieron más amantes y también tiempos difíciles, al dejar sin trabajo a su padre, el único que trabajaba con ocho hijos a los que mantener.

Tuvo que abandonar su cómoda vida y trabajar en  lo que podía. Le surgió un trabajo que ella creyó era apropiado tanto en lo personal como en  lo ideológico .Estaba muy contenta compartió comidas, charlas, avanzó mucho laboralmente. Pero había una compañera de una localidad cercana que su salario no estaba equiparado al de los demás e interpuso una demanda a la dirección. Como no surtió efecto desencadenó en una huelga, en la que hicieron participar a Celia que sólo era contratada. Llegaron a una negociación con la compañera de la protesta, que   consiguió lo que quería y Celia por participar fue a la calle, comprendió que “las ideas no tienen nada que ver con las malas ideas”

Durante el tiempo que estuvo trabajando en esa empresa, tuvo dos amantes uno que la hizo sufrir mucho y un breve romance  muy placentero. Hoy, todavía piensa que si hubiera luchado por aquel hombre sería el  de su vida. En los pocos encuentros que tuvieron durmieron y desayunaron juntos unas cuantas veces; él no quería comprometerse, pero sus ojos no mentían cuando miraban a Celia

Celia hoy en día no tiene compañero, pero ya se ha acostumbrado a estar sola y cuando va de tiendas a un gran almacén la sección de hombres carece de importancia.
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Y los cuentos continúan, por Matilde López de Garayo

Soy Pepito Grillo, desde el siglo XIX , me encomendaron la tarea de ser la conciencia de Pinocho.

No sé  cuando me ha dado más quebraderos  de cabeza, antes, hecho de un trozo de madera o ahora que es de carne y hueso. 

Se nota que no ha tenido niñez, es como esos bebes que andan sin haber aprendido antes a gatear, les falla la coordinación, al igual que a este “petardo” que no le funcionan bien las neuronas.

Quizás su problema radique que nunca ha tenido madre, salió de un árbol y esta circunstancia para un chaval tiene que ser traumática.

 No sé como se le ocurrió a Carlo Lorencini, escribir un cuento de un niño sin madre, bueno al principio sólo era un madero que hablaba, y el paso del tiempo ha ido añadiendo nuevas versiones, y personajes cruciales como servidor,  ¡Claro! que en el mundo de la fantasía pueden darse estas incoherencias, queriéndolas solucionar después con grillos obedientes y resignados.

Pinocho es ya un adolescente  tonto de remate , por cierto. La ropa se le ha quedado corta y pequeña notándose a través de ella los músculos,¡va ridículo!. La cara con ciertos rasgos de burro, que me recuerda aquel  episodio, cuando no llegó a la escuela en su primer día , se ha cubierto de granos, y no hay atisbo de barba.

Últimamente corretea detrás de todas las faldas. Tiene las hormonas alborotadísimas, ¡lo que faltaba! Y yo intentando que no haga ninguna trastada, vosotros me entendéis.

¡Pobre Gepetto, a su edad le puede dar un infarto si le hacen abuelo!.

¿Qué haces ¡¡¡¡Pinocho!!!!? ¡oh no!, se ha metido en el pajar, esta vez con Genoveva, la hija del molinero. ¡Pinocho! ¡no! ¡no!..,

¡Uf!, ¡Soy muy mayor para esto!.

Hada, querida hada madrina, con la cantidad de personajes de cuentos que hay en la cola del paro, ¿no me podrías dar la jubilación anticipada?   
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Comienza el día, por Matilde López de Garayo

Es bueno comenzar el día con un hecho cariñoso, emotivo o tierno.

Como todos los día me levanto a la 6:30, y mientras me arreglo voy recogiendo la casa,

Desde hace tiempo  mi perro me da los buenos días encima de mis zapatillas.

Caliento el agua para el té y le echo unos trozos de pollo que han sobrado del día anterior.

Aunque me acompaña a todas partes desde que me levanto, el olor es superior a la fidelidad y se aproxima a su plato para engullir lo que haya.

Estoy haciendo mi cama y oigo un llanto lastimoso en la cocina. El muy bruto ¡no come traga! , seguro que se ha hecho daño., vuelvo la cara y  lo veo a mi lado, mirándome con su único ojo sano, y quejándose.

Tiene la boca entreabierta. Le empiezo a hablar con cariño mientras le abro la mandíbula  y le extraigo un trozo de carne que se le la quedado encajado en la boca.

Inmediatamente empieza a mover la cola y a pegar saltitos, señalándome el camino de la cocina. Reclama lo que es suyo.¡no perdona!

Lo dejo devorando su trofeo y me pongo a lavarme los dientes, veo a través del espejo una sombra en el suelo, es él, moviendo el rabo como queriéndome decir: ¡venga date prisa! A ver si me puedes sacar un ratito. 
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Recordando mis dieciséis años, por Matilde López de Garayo

Voy  andando como todas las tardes, con mis cascos puestos y escuchando el mp3.

Draco, agarrado con la correa a mi cinturón, me hace parar en seco, cada vez que siente la imperiosa necesidad de alzar la patita, es decir, en todos los árboles y farolas de los primeros cuatrocientos metros.

Termina una  canción y empieza la siguiente, ¡ala!, EUROPA de Santana, y como siempre me hace evocar mis dieciséis años.
 Allí estaba yo, bailando con toda mi pandilla en la verbena del pueblo, mirando a unos y otros, y pensando en lo bien que me lo estaba pasando... ¿ en lo bien qué me lo estaba pasando?... ¡bueno!, Eso era hasta que lo estropeaban, poniendo la canción del verano, Europa de Santana.

Se apagaban todas las “bengalas de dicha” que flotaban a mi alrededor y conociendo mi destino iniciaba mi éxodo solitario hasta las sillas vacías, ¡claro! que una se iba a  ocupar enseguida.

Nadie me sacaba a bailar, una y otra noche... ¿porqué?.

Era fea ¡claro!. ¡no había otra razón!, Yo me miraba al espejo y aunque no me devolvía la mirada, una belleza de anuncio, tampoco estaba mal...  Y la guitarra eléctrica sonaba y sonaba.

¡Ñoña!, ¡sería eso!, los chicos me encontraban así, con esos vestiditos anacrónicos que mi madre se empeñaba en hacernos. , ¡no!, ¡no! tampoco, ¡si el pueblo no podía ser más cateto!.

¡Rara! Ya está, ¿quién a mi edad se había leído el Quijote, todas las obras de Shaskespeare, o  las de Lope de Vega?, ¡si hasta había caído “Lo que el viento se llevo”!. Además era la única chica que se atrevía a competir en  natación..,

Y la canción “del” Santana dichoso no se acababa nunca, ¡que larga!, y yo haciendo figuritas con los palillos de las aceitunas,  me comía el coco, en vez de una rosca. Si seguía así, acabaría pobre, pobre de pagar la terapia de autoestima y sin más argumentos que justificara el poqué del interés de los chicos hacia mí.

Bueno, debo de ser sincera una vez me sacó Ángel, el monitor de natación, estaba como un tren, y aunque a mí no me gustase, no cabe duda, que la guitarra se tubo que estropear porqué la canción duro poquísimo. Además yo sólo prestaba atención a sus   palabras referentes a los entrenamientos, Él se inclinaba para hablarme al oído y notaba el calor de sus manos en mi cintura.


Y se van acabando los acordes, y vuelvo a mis cincuenta años, y a mis paseos tranquilos, y me sonrío de aquella chica que ni era fea, ni ñoña, ni tonta, sólo tenía esa inseguridad de una adolescente...

 Y empieza la siguiente canción,“Largo y tortuoso es el camino”, y me veo otra vez sentada en la discoteca.., sentada y sola.. ¡Corcho! Voy a cambiar de música, aunque sea me pongo flamenco.
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No me importa, por Marichón Castillo

Son casi las siete de la mañana, ya mismo sonará el despertador avisándome del  comienzo de un nuevo día laboral. Aun no ha sonado y ya estoy despierta, cada mañana me pasa lo mismo y es por el pánico que tengo a llegar tarde al trabajo. Solo cuando escucho la melodía del móvil es cuando me incorporo y planto el pie en el suelo.

Me enfundo el uniforme, me aseo, como algo de fruta y salgo de casa caminando hacia el coche con la única compañía de la oscuridad que todavía se resigna a marcharse, pero hoy no me importa.

Llego al trabajo. !Uff! ya veo la cara de circunstancia de mi compañera, algo le ha pasado, no se qué es, pero no tardaré en enterarme,  sus penas es lo primero que oigo antes de darme los buenos días, pero hoy no me importa.

Cogemos y organizamos nuestras herramientas de trabajo, una maravillosa escoba, un recogedor y  varias bolsas de basura, todo esto acompañado con el novísimo y sofisticado carrillo con vida propia, ya que cuando quiero girar hacia la derecha el se revela y gira hacia el lado contrario y lo mismo cuando quiero girar hacia la izquierda, vamos! La crem de la crem en tecnología basuril!!

Echo a andar con la esperanza de que la mañana se pase rápida, al mismo tiempo que agradezco mentalmente el tener un trabajo para que mi situación familiar mejore en la medida de lo posible.

Me conecto mis auriculares y en ese instante me evado de todo lo que acontece a mi alrededor, me concentro solo en mi trabajo y solo escucho la voz de Carlos Herrera y sus contertulios informándome de lo que pasa en España y en el mundo, ya que de otra forma me seria imposible enterarme, es lo que tiene tener un niño de cinco años, mi televisor no conoce otro canal que no sea el clan TV.

Hace mucho calor y aun me esperan por delante tres horas de recogida de basuras, pero hoy no me importa.

Dicho y hecho, ya son las tres de la tarde y voy camino de casa.

Llego, un beso de bienvenida por parte de mi marido y mi hijo, me doy una ducha rápida y como de pie lo que pillo por la cocina. Que seres!! Pero hoy no me importa.

Otro beso de mi familia, esta vez de despedida, de nuevo en el coche y corriendo para no llegar tarde, aunque creo que en mi caso eso es prácticamente imposible. Aparco, subo las escaleras y llamo a la puerta, abro y … efectivamente ya han llegado todos, Sara, Carmen, Carlos y Matilde.

Nos damos las buenas tardes cordialmente y me disculpo por el retraso.
 Me siento en mi sitio y comienza la clase.
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Estoy triste, por Carmen Gómez Barceló

La bofetada se escuchó desde la puerta del salón. ¡ Zas ¡.Una vez más se trataba de un único golpe, seco, sin preámbulos, sin  continuidad.

Los inquilinos de aquella casa, se miraban unos a otros, se encogían de hombros y se hacían la misma pregunta: ¿Por qué? Acto seguido, la actividad se reanudaba y la vida seguía su curso como si nada hubiese pasado.

Marina, tan diligente como siempre, se había preparado en diez minutos para ir a trabajar. Esta preparación incluía ducha, café, algo de maquillaje, ropa y zapatos de actualidad y… encontrar las llaves del coche; Esto era lo que más le costaba.

Marina ya se había marchado. No era difícil llegar a esa conclusión puesto que con el portazo contundente que avisaba de su partida, se acababa el continuo taconeo de aquí para allá que ocasionaba la fuerza de sus pisadas. Esta característica la acompañaba desde niña.

En la casa se hizo el silencio… Alberto empezó a ponerse un tanto nervioso… como cada día.

 Se disponía a preparar el desayuno cuando de pronto…  ¡Zas! De nuevo aquel sonido.
Aunque de momento todo estaba en calma, él sabía que en cualquier momento, la situación volvería a ser delicada.

Pero ¿por qué? Otra vez se adueñaba de él aquel malestar, aquella incertidumbre, aquello de no saber hasta cuando iba a durar esa situación que no comprendía.

Se dirigió hacia la puerta del salón, apesadumbrado, abatido, sabiendo lo que una vez más se iba a encontrar; Abrió la puerta  y allí estaba ,Victoria. Victoria con gesto serio, duro, indolente, un gesto que nada tenía que ver con su rostro , el de antes, el que tenía a todos encandilados. Sus ojos grandes y oscuros, permanecían abiertos, muy abiertos, pero no miraban a ningún sitio.

¿Por qué Victoria?

Alberto no entendía como esa personita de algo más de dos años de vida era capaz de semejante golpe de efecto.

Tu hermanita no te hace nada…

Victoria miró a su padre girando el cuello bruscamente y solo dijo una frase: Estoy  triste.

Ella no podía decir nada más con las palabras, pero su cabezita sí podía pensar. Mucho. Podía pensar y mucho. Podía pensar como aquél ser viviente que no hablaba, ni lloraba, ni hacía nada de lo que ella era capaz, había conseguido que la mirada exclusiva de su madre, esa mirada que las dos conocían tan bien, esa mirada de la que se alimentaban la una a la otra y a nadie más, ya no le pertenecía a ella sola.

Para colmo , la habían mandado a un sitio hostíl, donde estaban otros niños a los que ella no conocía de nada y que además con sus caras feas llenas de mocos, no dejaban de llorar, incluso uno de ellos la empujaba continuamente y le tiraba su inseparable osito al lavabo… Y se lo mojaba… Se atrevía a vapulear aquello a  lo que ella más quería y cuidaba con esmero: Su blandito y precioso osito rosa. Y cuando volvía a casa, a su casa, su refugio, allí estaba eso…ese ser viviente que ni hablaba, ni lloraba, ni hacía nada de lo que ella era capaz de hacer.

¿Pero cómo tenían la desfachatez de preguntarle por qué? 

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Vías paralelas, por Carlos J. Fernández


Fue una mañana de noviembre cuando subí a aquel expreso en la estación del Oeste, había llegado temprano y restaban aún algunos minutos para la hora prevista de la salida. Subí a mi vagón y alzando mi maleta caminé por el estrecho pasillo que separaba las hileras de asientos situados a izquierda y derecha. Tras cerciorarme del número de mi asiento llegué hasta él y coloqué la maleta en el portaequipaje no sin antes extraer de ella el cuaderno de tapas azules que me sirve de agenda de trabajo y que me disponía consultar con la previsión de repasar las citas que tenía previstas aquel día con los clientes que me esperaban al llegar a mi destino.
 No había hecho más que acomodarme en el asiento cuando llegó otro tren que viajaba en dirección contraria a la que el mío iba a seguir y que se detuvo en la vía paralela sólo a unos metros del mío. Me detuve ensimismado a contemplar los vagones que se detenían lentamente e inmediatamente pasé a observar los movimientos de los viajeros tras las ventanillas del vecino tren. Siempre que viajo en tren y aparece otro que se sitúa en paralelo junto al mío, siento la inexplicable sensación de querer viajar en ese otro y no en el mío, acaso sea porque ignoro el destino de aquel y siento que sería fascinante subir a un tren cuyo destino desconozco.
Me quedé contemplando a los pasajeros del tren vecino, unos se desperezaban en sus asientos mientras que otros se afanaban diligentes en sacar sus maletas del portaequipajes pues se disponían a bajar en aquella estación, mientras otros subían en cambio y se acomodaban en sus asientos preparándose para iniciar el viaje, fue entonces cuando a través de los amplios ventanales noté la presencia en aquel tren de un hombre sentado en un asiento junto a la ventanilla que se parecía extraordinariamente a mí mismo, sentí una extraña sensación pues me reconocía en todo en él, lleno de estupor constaté que a medida que lo observaba con más detalle más me parecía aquel hombre mi exacto reflejo no solo en sus facciones sino incluso en sus gestos pues durante unos momentos intercambió unas palabras con el pasajero que tenía enfrente y pude notar como sonreía y entornaba los ojos de la misma manera en que yo lo hago.

Lleno de desconcierto y de angustia me levanté de mi asiento y decidí que tenía que llegar hasta él como fuera, cogí mi cuaderno azul, pues era lo más valioso que llevaba y me abrí camino a través del pasillo arrollando a los viajeros que caminaban en sentido contrario al mío, el tren saldría en breve y ahora lo inundaba todo el bullicio propio de la gente que llega a última hora y busca su asiento en un vagón ya atestado al mismo tiempo que un hueco en el que meter sus maletas. Decidido a todo corrí hacia la escalera mecánica que conducía al paso superior que llevaba al andén contrario y mientras corría no tenía en mi mente más que la imagen de aquel hombre idéntico en todo a mí, sus ojos, el color de su pelo, su expresión, hasta las gafas que llevaba  y la ropa que vestía eran del mismo estilo que la mía.
 Por fin conseguí llegar hasta la entrada del vagón en el que viajaba mi doble, subí de un salto pero en ese momento me quedé paralizado por un instante, necesitaba tranquilizarme y pensar en la manera en la que abordaría a aquella persona. La megafonía de la estación anunciando la próxima salida del tren en el que ahora me hallaba zanjó mis dudas y eché a caminar de nuevo hacia el interior del vagón mientras concentraba mi mirada en intentar localizar al inquietante pasajero. El vagón estaba abarrotado de viajeros y no era fácil localizar a una persona en concreto, pronto creí reconocer el asiento donde se sentaba aquel hombre pero con enorme sorpresa comprobé que estaba vacío, así que con voz temblorosa pregunté a los pasajeros de los asientos contiguos sobre la persona que se sentaba allí hacía tan solo unos minutos, pero sólo acertaron a balbucear confusas palabras incoherentes.
 Estaba tan agitado que no percibí a tiempo cómo la megafonía había anunciado la ya inminente salida de mi tren, en ese momento me quedé paralizado pues observé como desde la ventanilla del que era mi vagón, en el tren en el que yo debía haber viajado me hacía señas el hombre que era idéntico a mí, entendí que quería decirme alguna cosa y bajé la ventanilla junto al que había sido su asiento. Ahora al fin nos mirábamos cara a cara, yo estaba absorto y no acertaba a decir nada, él en cambio me sonreía placidamente y al mismo tiempo que el tren que había sido el mío y ahora era el suyo arrancaba lentamente y comenzaba a alejarse de la estación, con una voz exacta a la mía me dijo casi gritando: sí, amigo yo también he querido siempre subir a un tren que no sé adonde va, y se alejó para siempre agitando a modo de despedida un cuaderno delgado de tapas azules.
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Me Gusta/No me gusta, por Carlos J. Fernández

Me gusta observar el ir y venir de los niños en sus juegos y oírlos improvisar historias fantásticas sobre héroes y poderes mágicos de los que ellos se invisten con absoluta convicción, me gusta golpear la superficie plana y terrosa mientras camino por el campo recreándome en el chasquido de mis propias pisadas para convencerme de que sigo existiendo aún en esas soledades, también disfruto sentándome en la orilla del mar en un día de sol abrasador esperando la caricia de las olas que terminan por descorchar su espuma disipándose en un rumor refrescante nacido del estallido de infinitas y minúsculas burbujas, me gusta mirar al horizonte cuando cae la tarde y observar como el sol precipita su incendio majestuoso y sagrado contra los confines de la tierra. Los atardeceres en el campo cuando se acerca el ocaso y de la tierra ascienden los vapores aromáticos de sus arbustos, de sus plantas y de su propio ser que emana la  fertilidad de su organismo vivo, me gusta ver una película que ya he visto antes y esperar a que todo ocurra en la escena de manera diferente; es decir que ganen la batalla los indios antes que el séptimo de caballería, que la ambición de poder no destruya la amistad de la pareja protagonista, que los recluidos en el campo de concentración se rebelen contra sus opresores y cosas así porque cuando una película me gusta mucho siempre me sorprende su final, aunque la haya visto diez veces.

No me gusta el lenguaje de los políticos  porque a fuerza de querer enmascarar la realidad y pasar por culto alarga las palabras y cae en la cursilería y el artificio al decir cosas como: “poner en valor” en lugar de valorar o “culpabilizar” en lugar de “culpar” o “crecimiento negativo” cuando quieren decir que la economía no crece. No me gusta cenar en casa cuando los rayos de sol entran todavía por las ventanas e iluminan el plato con la ensalada o el pescado que tengo frente a mí, porque para cenar necesito que sea de noche así como para almorzar necesito la luz natural y si alguien enciende la luz eléctrica durante el día me invade una sensación incómoda como si fuera un gato al que acarician a contrapelo. 

No me gusta el sonido estentóreo y enloquecedor de las alarmas antirobo de los coches que disparan su fanfarria en medio de la noche por motivos que casi nunca son el intento de robo. No me gusta tampoco despertarme sobresaltado por el rugido de un trueno que retumba porque pudiera pensarse que la cúpula celeste se ha quebrado y sus cascotes inmensos caerán sobre nuestras cabezas. Sí me gusta aspirar el aire fresco que antecede a la lluvia en una tarde de invierno, el cielo lleno de nubes veteado en una infinidad de claroscuros y toda la escala de tonos grises. No me gusta ver banderas que se marchitan en los balcones,  reyes magos de trapo que escalan las terrazas cuando hace tiempo terminó la navidad, me gusta apretarme en la estrecha butaca de un teatro que huele a madera y a cuero antiguo y estar rodeado de personas que se citan allí para ver y escuchar a personas que interpretan una farsa en un ritual tan antiguo como la civilización. 
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Me Gusta/No me gusta, por Carmen Gómez

Estoy ante el fatídico folio en blanco. Creo que empiezo mal por varios motivos: Primero porque el único bolígrafo que he encontrado ha sido un bolígrafo rojo y a mí, siempre me han dicho que no se debe escribir con bolígrafos rojos.

Segundo, que tengo justo en frente a mi hijo David preguntándome que es lo que he puesto en un bol a modo de postre; he parado de escribir y le he contestado. Además, tengo puesta la tele y se supone que no voy a poder concentrarme. Creo que todo esto no va a ayudarme en esta nueva tarea que me dispongo a emprender. Me voy a otro sitio… Pensándolo bien, no tengo ganas de levantarme de este sofá de cuero verde que me acoge tan blandito y confortable. El próximo día buscaré otro sitio donde trabajar.

No debería de plasmar en este folio nada preconcebido, pero no puedo evitar escribir algo que tenía pensado y me encanta decir: Me apasiona la tormenta porque despierta mis sentidos y odio el sol porque marchita mis células.
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Me gusta, no me gusta, por Matilde López de Garayo

Del amplio abanico de “cosas” que me gustan y no me gustan me centraré en una sola.

La palabra “cosa” no me gusta.

Es muy socorrida, ¡si ya lo sé!, pero no viene a decir nada o .., quizás todo, es un amuleto verbal y como tal,  de tanto frotarlo se puede desgastar.

Con la gran riqueza lingüística que posee el castellano, deberíamos concretizar más la palabra “cosa”, ¡CLARO ¡ qué en este primer ejercicio para romper el hielo, lo mejor es decir “cosa”, y así cada uno lo interpreta como quiera..

Por el contrario me gustan las palabras; ente, cuerpo, elemento, objeto, pieza, finalidad, propósito, objetivo, fin, intención, componente, ingrediente, fundamento, molécula, origen, sujeto, sabor, placer, voluntad, gracia, estilo y un gran etcétera de palabras que  obviamos para sustituir por ¡Cosa!.

                                                                                                                      (10/10/2011)



Me gustan los ojos de mis sobrinas Alejandra y Mª José.

Son ojos grandes, rodeados de densas y largas pestañas. El iris es de color verde, con motitas marrones, aunque esto no quita para que la tonalidad cambie con la luz, haciéndolos más oscuros y azules.

Cuando me miran noto su calor y cariño, y le acompaña una espontánea sonrisa. Me tienen conquistado el corazón.
...

No me gustan las uñas de mis pies. En especial las de los dedos pequeños y la del dedo gordo del pie derecho. Están deformadas y crecen hacia arriba creándome una protuberancia, que me molesta con los zapatos de deporte.

Me las tengo que limar hasta que quedan igual que las demás.

Los fetichistas de pies no estarían contentos conmigo.

...

Me gusta nadar, deslizarme por el agua y notar su roce suave por mi cuerpo cuando se desvía  por los lados como un séquito que me estuviera saludando.
Sumergirme imaginándome un ágil pez. Flotar bocaarriba y mirando el cielo pensar en el vacío, en la libertad de no estar atada a nada...

...        

No me gusta el ruido, se mete en mi cabeza y parece que me la quiere reventar, a veces me he tenido que salir de las discotecas o de los Púb. Llevo tapones a todas partes, incluso me los pongo en el cine para amortiguar los decibelios. Mis acompañantes ya no se asombran de esta “manía”.
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Lo que me gusta y no me gusta, por Marichón Castillo

Me gusta madrugar sin prisas, es decir, despertarme temprano sin dejar que el primer pensamiento que me venga a la cabeza sea: ¿ encontrare atasco hoy de camino al trabajo?.Me gusta madrugar sin prisas y regalarme en esa mañana el tiempo, la serenidad y la tranquilidad de poder disfrutar de un estiramiento de cuerpo en mi cama antes de levantarme, de pasear con mi perro sabiendo que ambos somos cómplices del disfrute de los rayos del sol que aun no calientan y del fresquito de la mañana.
Me gusta llegar a mi casa con la seguridad de que encontrare a mis dos amores dormidos cada uno en su cama, esperando a que mama les despierte con un beso.
Me gusta pasar todo el tiempo del que dispongo con ellos, conversar, jugar, reír…

Me gusta estar en la playa, pero no en cualquiera, en la mía, en Salobreña, rodeada de familia y amigos, comiendo, bebiendo y riendo, sobretodo riendo,
Me gusta que el agua de la playa este mas fría cada año que pasa y clavarme sus piedras en mis pies mientras me dirijo hacia la orilla.
Me gusta ver los atardeceres en mi playa. Me gusta el sabor a mar de sus pescados, el cariño que recibes de la gente y el olor que desprende la vega que esta cerca de mi casa.

Me gusta pasear por el albahicin, observar a los hippies que se ganan la vida con las pulseras, colgantes o dibujos que hacen e imaginarme que soy una de ellos.

Me gusta tirarme en mi cama y pasar un buen rato leyendo, teniendo de fondo música de relajación.
Me gusta practicar yoga y meditación.
Me gusta conocer gente.
Me gusta escuchar y hablar con todo tipo de personas ya que de cada uno se que puedo aprender algo.
Me gusta escribir, pero sobre todo, me gusta mi vida tal y como es.

No me gusta tener miedo, porque siento que pierdo el control.
No me gusta estar sola y por supuesto, no me gusta tener que dejar de escribir en este momento.
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