0

Los Pollitos, por Matilde López de Garayo.


Acababa de llegar de Utiel, agotado, frustrado, deprimido.., Aunque medía cerca de 1,80 y tenía una constitución fuerte, hoy me encontraba pequeño y débil.

 Por la mirada de mi hermana, me di cuenta que no se había tragado mis razonamientos para rechazar, la oferta de trabajo que con tanto esfuerzo me había conseguido.

Ni la separación temporal de mi mujer y mis hijas, ni el incumplimiento de las condiciones del trabajo: el horario excesivo, el sueldo o la lejanía de nuestro destino, habían conseguido convencerla.

Me aseguró que la crisis  acababa de empezar y que nos esperaban unos años de ¡Aupa!, ¡Qué me sujetara a un clavo ardiendo!

¡Cómo contarle aquel episodio que me había traumatizado tanto!, Pensaría que era un blandengue. Y yo no conseguía quitármelo de la cabeza.

Hoy  tres años más tarde, España en una crisis, que no sé dónde nos está llevando, analizo aquel viaje, y no sé si volvería actuar de la misma manera.

Nunca lo sabré, porque no tenemos la oportunidad de volver al pasado...

Empecé a trabajar a los 19 años como Técnico Auxiliar Delineante, después pasé a Especialista, a Jefe de Estudio y posteriormente a Encargado de un Estudio de Arquitectura, me hice Calculista de Estructuras, y de depender de mí 200 personas y a mis espaldas más de 3000 proyectos, hoy me encuentro en el puto paro.

A finales del 2009 tuve la oportunidad de trabajar como conductor de un rígido de 12 metros, cargado con 100.000 pollitos de granja y ¡Cómo pesaban los puñeteros!

Los tuvimos que cargar en aquella explanada de la incubadora de Utrera,  ¡Qué diferencia de cuando los  trataba de niño!

Recuerdo que me compraban uno al principio de verano, para que lo cuidara y no diera demasiado el coñazo. Yo lo veía tan frágil, tan mullidito, tan simpático que me daba ganas de meterlo en la cama, como si fueran un peluche, ¡Claro! Que como era un varón yo nunca tuve un puto peluche, tenía que llevar un sombrero de cowboy  y pistolas, ¡Vaya a que el niño saliera maricón!...,

 Y me acostaba con las pistolas no fuera a que atacaran los indios.

¡Vaya mierda de infancia con tanto tabú!

Cuando terminamos de cargar el camión  mi jefe me comentó
-        Bueno, tenemos que ir a un pueblo cerca de  Utiel. Tú que eres andaluz ¿sabes dónde se encuentra el pueblo?.- Era el típico castellano de Valladolid, de 1,90, nariz aguileña, y muy delgado. -Yo pienso que está por Córdoba. – Le respondí

Desplegó  el mapa.
-    ¡Joder está al sur de Teruel!
-   ¡Ostras Jesús! – Así se llamaba mi jefe- nos comemos los dos discos- (los discos son el registro de horas máximas de conducción,  y horas mínimas de descanso, 18 entre los dos). Y  pensaba...  “reparto por Andalucía” ¡Tiene cojones el tema! ¡A Teruel que nos vamos!

Una vez en marcha me empecé a dar cuenta que no era tan maduro como creía, el trabajo era completamente diferente al que había realizado hasta entonces. Me iba a costar hacerme con él, y cada kilómetro que recorría me acordaba más de mi mujer, y de mis dos hijas pequeñas.

¡Y todo por culpa del cabrón del Zapatero!

Iba concentrado conduciendo ese pedazo de pepino, un Scania de 1 año de antigüedad por la nacional IV.

 Lo que más preocupa a un veterano es dejar su vida y su camión a un novato, estos bichos son de propulsión trasera y peligrosos al entrar en las curvas.

Aunque me flipaba  conducirlo me iba dando cuenta que aquello no era para mí, que quizás me había equivocado al sacarme todos los carnés de circulación.

A las nueve de la noche llegamos a la comarca de Utiel, llevábamos 11 horas trabajando. Durante el trayecto me percaté de la camaradería que existe entre los camioneros, como piensan los unos en los otros. No como en el sector de la construcción donde aprovechan cualquier oportunidad para pisarte el cuello. 

Llegamos una hora más tarde, no sé como pude entrar sin vaselina con el camión por esos estrechos  carriles.

Cuando me acostumbré a la oscuridad me llamó la atención el cielo, lleno de estrellas, diferente, debido a la latitud en que nos encontrábamos. Aunque no me interesa la astronomía  reconocí que era hermoso, y que también  ¡hacía un frío de cojones! , y mi jefe con un chalequito de nada, ¡chicharrón del norte!

Empezamos a descargar el camión, nos ayudábamos con una rampa elevadora que bajaba las columnas de cajas donde iban los pobres pollitos hacinados: 100 en cada bandeja y 10 cajas ,una encima de otra, en cada pila.

Teníamos que llevar 33.000 pollitos a cada  nave. Arrimar las pilas a la rampa elevadora,  con mucha rapidez, ya que el camión estaba a 28 grados igual que las naves, mientras que en el exterior estábamos a 2 grados.

Empecé a resentirme, el esfuerzo físico y el frío me impedía respirar, era como si te fumaras un puro a pulmón.

La tragedia llegó al terminar la tercera nave de la explotación agrícola, Estaba muy cansado y al meter una pila dentro de la nave, la bandeja maestra que llevaba ruedas se trabó con la pella de hormigón de la propia rampa de acceso de la nave. Mis fuerzas ya débiles del esfuerzo y  a la once y media,  sin cenar, no pudieron evitar la catástrofe, la pila volcó, y yo me quedé sin aliento, en un último intento de evitar lo ya inevitable.

De rodillas, cayendo el sudor por mi cara, las gafas empañadas, no sé si del propio sudor o de la hiperventilación de mi boca, intentaba rescatar aquellos pequeños peluches reventados, que les brotaban  sangre por el  piquito.

No tenía fuerzas de pedir ayuda a Jesús que estaba dentro de la nave. Cuando se percató de que el ritmo de la pila de entrada había descendido, vino a ver que pasaba, y allí estaba yo impotente luchando por rehacer la pila y  defendiéndome de una manada de  unos 20 gatos hambrientos que aparecieron de la nada.

Me chilló
-¡ Tío! ¿Qué haces con los pollos heridos en la mano?

Me los quitó de golpe y empezó a echarlos al aire, con lo que ya me quedé traumatizado del todo. Los pollitos no llegaban al suelo, los gatos asalvajados saltaban por todas las direcciones atrapándolos al vuelo, ¡era un espectáculo dantesco!.

Fue una decisión cruel pero acertada, así mantuvo a raya a los felinos y salvar a los pollitos sanos que quedaban en la pila.  
 
Posteriormente se hizo un calculo por encima del genocidio, se calculó una perdida de unos 200 pollitos. A la vuelta mi compañero se descojonaba de risa y le quitaba hierro diciendo que no me preocupara más del tema, que hasta que llegaran a ser pollos más de 15.000 morirían de enfermedades y que para el granjero había sido una minucia.

Pero Jesús no entendía lo que aquel viaje había significado para mí, la separación de mi familia, conducir aquel 12 metros, llevar el volante desde  lo alto del trailer, cómo nos adelantaban los coches tuneados de la juventud, los camiones  de los compañeros, y aquella granja sin nombre, de aquel pueblecito, que, ¡quíen sabe cómo se llama!, al norte de Utiel, donde dejé 200 peluches.

Hoy me sigo preguntando sí soy débil o inmaduro. Yo que hice el servicio militar en una batería de municionamiento, con 65 servicios de armas de 24 horas, que repelí junto con mi escuadra de artilleros un intento de robo de un comando itinerante de Eta, sucumbí al ver a mis pollitos devorados por aquellos gatos hambrientos.

Pero no me da vergüenza ser como soy, y odio los profundos tabú y los modernismos en exceso del presente. 

A mi hermana se le pasó el enfado, pero de vez en cuando me pide que le vuelva a contar lo de los pollitos.

0 comentarios:

Publicar un comentario

Back to Top